Los debates políticos televisivos están en serios problemas. Por un lado, los medios de comunicación -especialmente Internet- ofrecen la "participación" como elemento central para incentivar a los usuarios y audiencias. Por otro, la clase política insiste en el formato televisivo que atenta contra la participación y la discusión propia de una democracia madura como se dice ser la chilena. En ese contexto, cómo va a ser posible que los ciudadanos se motiven a participar como espectadores de un debate donde no-se-debate y donde no-se-puede participar a través de preguntas.
El caso de alianza entre YouTube y CNN durante las pasadas primarias en EE.UU. fue un intento por refrescar una instancia de comunicación política para incentivar la discusión y la participación ciudadana. Allí, los ciudadanos podían enviar preguntas a los candidatos a través de YouTube que serían puestas al aire en el debate transmitido por CNN. Si bien esta iniciativa no estuvo ajeno a la polémica -porque finalmente los canales seleccionaron las preguntas atentando contra la publicidad de participación total- la pseudo participación a la que apostó este nuevo formato de debate podría ser considerado como un avance.
Nada de esto ocurrió durante las primarias de la Concertación. Ni debate, ni participación. ¿Cómo los precandidatos presidenciales pueden hablarle al país proponiendo participación, cambio y un futuro próspero para la ciudadanía si nadie los puede ver intercambiar ni discutir sus ideas? Si un candidato quiere aumentar su pontencial electoral antes de diciembre, debiera proponer una sistema de debates televisivos que esté a la altura tanto del uso de los medios de comunicación por parte de los chilenos, como de las ganas de participación y desconfianza que reflejan las miles de encuestas que al parecer no leen con atención en sus escritorios.
El periodista Mauricio Hoffmann analiza en la revista Qué Pasa el rol de los debates televisivos en Chile y hace un cronología de estas instancias de "discusión" política en el país.
A.A
Debates por TV: de mal en peor
Revista Que Pasa
Mauricio Hofmann debe ser el periodista chileno con más debates presidenciales en el cuerpo. En esta crónica reseña cómo fueron, desde que retornó la democracia, estos programas: las presiones de los comandos, el tira y afloja de políticos y canales, el formato elegido y el backstage. Además, analiza la involución que ha sufrido este rito político cada vez más maqueteado y limitado, tal como el último que vimos esta semana: Frei vs. Gómez.
Por Mauricio Hofmann
Antes de entrar en la historia
El llamado "debate" Frei-Gómez, el lunes pasado en Talca, no hizo más que confirmar la penosa involución que ha venido mostrando lo que pudo convertirse en un gran rito de nuestra democracia. En cambio, ha devenido en un gran mito de nuestros procesos electorales, al punto que muchos le buscan otros nombres: foro, entrevista múltiple, lata o, simplemente, tongo.
La seudoconfrontación Frei-Gómez batió todos los récords de restricciones, al punto que los demás canales "se bajaron" y sólo TVN lo transmitió. Y únicamente para la zona.
Quisiera creer que no es un anticipo de cómo viene la mano para el o los debates Piñera-Frei, que ojalá incluyan, una vez más, a todos los candidatos.
A la luz de la experiencia y la observación de lo que ocurre en otras latitudes, propongo un número no limitado de debates, ojalá entre parejas distintas de candidatos, organizados autónomamente por cada uno de los canales o por otros medios, con libertad editorial para abordar temas, moderados por un solo periodista que interrogue libremente y estimule la confrontación abierta de ideas y propuestas, sólo cuidando la equidad de los tiempos, y transmitidos en vivo también por los medios on-line.
El debut de la exclusión
El histórico enfrentamiento Aylwin-Büchi, el 9 de octubre de 1989, lo organizó Canal 13, lo dirigió Gonzalo Bertrán y se desarrolló en uno de sus estudios. Lo condujo Hernán Precht y a cargo de las preguntas estuvieron Raquel Correa, Bernardo de la Maza, Rosario Guzmán Errázuriz y Claudio Sánchez. Fue histórico, porque era el primero después de la dictadura, pero ya en esos tiempos se inauguró la era de las exclusiones y del control total por parte de los comandos, porque dejó fuera al tercer candidato: Francisco Javier Errázuriz.
Ya antes del gran evento, políticos de ambos bandos estrenaron su inclinación a tratar de controlar o, al menos, conocer ilegítimamente las preguntas de los periodistas. Sabemos de contactos y gestiones que apuntaron en ese sentido, y que se han repetido en los debates posteriores.
El capítulo siguiente fue el debate Frei-Lagos por las primarias de la Concertación, en 1993. Lo organizó Megavisión en mayo de ese año. Sergio Campos fue el presentador, y compartí testera de interrogadores con Gloria Stanley y Joaquín Villarino. Eran los tiempos en que se podía contrapreguntar y generar un cierto intercambio entre los contrincantes, a ratos tenso, aunque de todas maneras ya hubo las primeras críticas a lo que para muchos fue un foro y no un debate.
Buscando filtraciones
A semanas de la elección, a fines del 93, también tuve la oportunidad de participar en el debate presidencial Frei-Alessandri, organizado por Anatel. Se realizó en el Salón de Honor del ex Congreso Nacional y fue moderado por Bernardo Donoso. Representando a Megavisión, compartí con Raquel Correa (Canal 13), Jaime Moreno Laval (en ese tiempo en Canal 11), Roberto Pulido (La Red) y Patricia Politzer (TVN).
Antes de la "gran noche" nos reunimos para conocer el formato y dividirnos las áreas temáticas, en términos generales. Tan generales que ni siquiera respetamos esa división durante el debate. Recuerdo que yo había manifestado mi disposición a abordar los temas económicos, pero terminé haciendo preguntas muy políticas, para molestia -amistosa, en todo caso- de alguno de mis colegas. Pero lo peor fue otra cosa: en los comandos se supo de esa reunión previa y mediante algún "emisario" hicieron lo posible por conocer las preguntas con antelación... Creo que los intentos no sirvieron de nada.
Lo bueno es que fue el debate de formato menos restringido que recuerdo: cada periodista tenía tres minutos para preguntar a los candidatos, tiempo que podía usar libremente; podíamos interrumpir, contrapreguntar y hasta cambiar de tema dentro de esos minutos. El contrincante tenía después la posibilidad de replicar. El siguiente periodista interrogaba a ese mismo candidato y el adversario tenía igual posibilidad de contestarle. Otro aporte que tuvo debut y despedida en esa oportunidad fueron las preguntas del público: una muestra estadísticamente representativa de la población, elegida por una empresa de encuestas, de la que se seleccionaron aleatoriamente las preguntas. Lo mejor es que ese público -y no sólo los invitados de cada comando- estaba presente en el lugar, y aportó alguna espontaneidad a las reacciones en el salón.
Pero allí sólo estaban Frei y Alessandri, a pesar de que nos acercábamos a la elección presidencial con más candidatos de la historia: corrían el alternativo Manfred Max Neef, el economista José Piñera, el sacerdote Eugenio Pizarro y el empresario humanista Cristián Reitze. No hubo caso: los comandos dominantes los excluyeron.
Megavisión, entonces, se autoasignó la tarea de dar tribuna a estos otros aspirantes. Hubo dos debates "alternativos", ambos con un José Piñera que "iba a todas": Uno con el cura Pizarro, y el otro con el economista Max-Neef. Me tocó conducir y moderar en solitario el primero de ellos en exteriores: en plena Plaza de la Constitución, rodeados de transeúntes.
Como buenos candidatos de minorías, ansiosos de tener una tribuna para exponer sus ideas, Piñera y Pizarro aceptaron la confrontación sin condiciones y confiando en el criterio del periodista-conductor para administrar preguntas y tiempos. Por supuesto que todas sus intervenciones fueron más entretenidas que las de Frei y Alessandri -obviamente: sus riesgos eran también menores-, el formato fue libre, ambos estaban sentados en butacas sin "parapetos" delante y el marco de La Moneda iluminada atrás le dio un carácter especial.
Ganan los comandos
Seis años después, cinco canales organizaron el debate concertacionista entre Ricardo Lagos y Andrés Zaldívar. El 13 no participó. Se repitió el escenario del viejo Congreso Nacional y el esquema de interrogatorios libres por cada periodista dentro de tres minutos con cada candidato. Moderó una vez más Bernardo Donoso (UCV) y las preguntas estuvieron a cargo de Cecilia Serrano (TVN), Fernando Villegas (Canal 11), Nicolás Vergara (La Red) y Juan Manuel Astorga (Canal 2). Para furia de la oposición, parecía que se estaba decidiendo allí quién sería el futuro presidente.
Pero Joaquín Lavín escaló en las encuestas en los meses siguientes y llegó en una expectante posición al debate con Lagos, antes de la primera vuelta, en 1999.
Fuera del Hotel Crowne Plaza se había apostado la candidata Gladys Marín junto a decenas de adherentes suyos, que nos gritaron "¡tongo!, ¡tongo!" cuando los periodistas participantes llegamos al recinto. Claro: Marín había sido excluida por los comandos de los mismos dos candidatos que tantas veces nos han predicado sobre la no exclusión. Tampoco estaban la ambientalista Sara Larraín, el humanista Tomás Hirsch y el candidato del jingle de campaña más recordado de todos los tiempos: Arturo Frei Bolívar.
Representé esta vez a TVN, y mis compañeros fueron Carolina Jiménez de Canal 13, Susana Horno de Megavisión, Claudia Araneda de Chilevisión, Felipe Vidal de La Red y Juan Manuel Astorga de Canal 2.
Esta vez los comandos habían ganado. No sólo porque las dos coaliciones principales dejaron fuera del debate a todos los demás candidatos; también porque excluyeron al público y tomaron el control de las listas de invitados. Y lo peor: lograron terminar con los cuestionarios libres, donde el único límite era el tiempo disponible para cada periodista.
Fue una experiencia tortuosa, porque cada uno tenía que hacer unas increíbles preguntas únicas para ambos contendores. Esto prácticamente excluyó toda posibilidad de interrogar a un candidato sobre un tema especialmente complicado para él, porque significaba entregar "en bandeja" a su adversario la posibilidad de darle el tiro de gracia.
Tuvimos que hacer grandes esfuerzos para formular preguntas "equitativas" para ambos, aunque incorporando argumentos distintos para cada uno, tratando de que esas preguntas tan complejas no resultaran más largas que las respuestas.
Recuerdo que mi primera pregunta buscaba que ambos explicaran a sus seguidores por qué cada uno representaba cuestiones opuestas a las que sugerían sus historias y pensamientos políticos, planteando algo así como "señor Lagos, usted como ministro de Obras Públicas de Frei fue el ministro que ha permitido a la empresa privada hacer los negocios más millonarios de la historia, a través del sistema de concesiones, mientras que usted, señor Lavín, tiene un programa que contempla un gasto público inédito en Chile y superior incluso al de su adversario socialista". Quise describir a un Lagos campeón de la empresa privada y a un Lavín campeón del estatismo, pero por supuesto cada uno respondió lo que quiso y los seguidores de uno y otro quedaron tan confundidos como antes.
Una campaña, dos debates
Terminaba la administración Lagos cuando llegó el día del debate Bachelet-Alvear, por las primarias de la Concertación, el 26 de abril de 2005. Se realizó en el centro de eventos SurActivo de Hualpén. Ahora Canal 13 se sumó a TVN en la organización. Los interrogadores fuimos Consuelo Saavedra y Amaro Gómez-Pablos -por el canal público-, Constanza Santa María y yo -por UCTV- y Nibaldo Mosciatti, por el Canal Regional del Bío Bío. Fue el debate en que Bachelet dio un paso errado al responder sobre su posición frente al TLC con China, teniendo en cuenta la violación de los derechos humanos en ese país. Y fue el debate después del cual Alvear equivocó el camino, al acusar a su contrincante de haber usado un torpedo.
Ese primer encuentro fue producido por TVN. Canal 13 no alcanzó a cumplir con su parte: le tocaba organizar el segundo, pero Alvear "se bajó" antes.
Mientras, en la Alianza irrumpía Sebastián Piñera. Y se dio la situación inédita de dos candidatos de una misma coalición -Lavín era el otro- en la primera vuelta. Y ambos obligados, por lo tanto, a enfrentarse en un debate.
Éste fue el 18 de octubre de 2005. Se marcaron al menos otros dos hitos: fue el primer debate con más de dos candidatos (Bachelet, Piñera, Lavín y Hirsch), y el primero transmitido al exterior: lo organizaron Canal 13 y CNN en Español y se transmitió a toda América Latina. Lo condujeron Constanza Santa María y la periodista Glenda Umaña, que también estaban encargadas de hacer las preguntas.
El primer problema fue que el equipo del 13 tuvo que enfrentar dos negociaciones: una con la CNN, que insistía en una pauta temática sin interés para la mayoría de los chilenos, muy centrada todavía en Pinochet; y otra con los comandos, con la dificultad adicional de que ¡eran cuatro! Y las preguntas volvieron a ser iguales ¡ahora para los cuatro! O sea, aun peor que en el debate Lagos-Lavín. Necesariamente esas interrogantes debían ser muy generales, casi conceptuales y de respuestas sumamente previsibles.
Por primera vez, en esa última campaña hubo un segundo debate presidencial entre los mismos cuatro candidatos, en el centro de eventos CasaPiedra, organizado por Anatel. Como representante de Canal 13, me tocó ser el presentador inicial del programa de televisión, y compartí la tarea con Mauricio Bustamante de TVN, Libardo Buitrago de Mega, e Iván Núñez de CHV.
Es el último transmitido a todo el país y, a mi juicio, el más limitado hasta ahora. Primero, por condiciones objetivas: cuatro interrogadores y cuatro candidatos, lo que forzaba a una organización de turnos y rotativas francamente demencial: ocho preguntas iguales para los cuatro (apenas dos por periodista, francamente limitante), un minuto y medio para responder, una contrapregunta y 30 segundos adicionales de respuesta.
Los comandos se salieron una vez más con la suya. Sin encontrar nada más atractivo, Las Últimas Noticias tituló al día siguiente con la anécdota: "Los chascarros de Hofmann le pusieron color al debate". Claro; yo estaba tan confundido y francamente aburrido, que di la palabra cuando no correspondía a Joaquín Lavín, y no anuncié los comerciales cuando tenía que hacerlo.
A mediados de los 90 ya se había instalado la práctica de los comandos de frenar toda iniciativa que apuntara a bajar los niveles de rigidez, que presentaran los canales. Los equipos televisivos a cargo de organizar estos eventos siempre buscaron ampliar los márgenes mediante largas negociaciones, de las cuales felizmente los periodistas participantes quedamos al margen y libres de compromisos; pero cada vez, los comandos frustraron esas ideas. Y por parejo: quienes hemos participado en estas instancias desde la vereda de la televisión siempre nos quedamos con la sensación de que, en cada oportunidad, el menos dispuesto a ceder era el comando que más ganador se sentía; pero, curiosamente, también la candidatura menos optimista se sumó casi siempre a todo lo que "resguardara" a su candidato. La conclusión es que los partidos dominantes nunca han estado convencidos de que los debates son buenos; los asumen sólo como algo inevitable, pero no deseable, en una democracia.